Un escondrijo compartido, por Nicolás Jozami

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Un escondrijo compartido

Acerca de Tinta Negra, de Alejandro Álvarez (ilustraciones) y Antonio mor (poemas). Ediciones El Humanoide en el árbol. 2025

por Nicolás Jozami

En el proceso creativo hay de soledad, de disponibilidad para sondear los espacios interiores que le darán forma a una obra, del tenor y del rango que sea. Cuando en ese proceso intervienen dos sensibilidades, la búsqueda por parte de quien se acerca a la obra tiene de cualidad bifronte. En Tinta negra (ediciones El Humanoide en el árbol)encontramos el sendero creativo practicado y llevado a término por el artista plástico Alejandro Álvarez y el poeta y librero Antonio Moro. 

            Al abrirlo, el libro ofrece aire; la limpidez del blanco en hojas papel ilustración; la tinta de las imágenes en las páginas impares y los poemas en las pares. La noción de contemplación arraiga a medida que vamos leyendo y mirando o mirando y leyendo. Como indican sus hacedores, los textos surgieron al calor de las imágenes. En la ilustración de un rostro y cuerpo nocturnos, rumiando un lenguaje o pensamiento secreto (y aquí es más accesible atender al lenguaje y texto escrito que “explicar” la imagen) leemos: “Se escribe diferente la noche/no sólo por los idiomas/sino en su devenir condicionado//Repetimos su nombre para asegurarnos/una constancia imposible. En esa oscuridad seguimos/indagando en soledad”. Es el acercamiento al decir el que permite la seguridad; una filosofía berkeleiana se esconde debajo de la poesía de Moro; si no nombramos, la apelación a lo nombrado no existe, no posee entidad.

            El extravío en esa tarea prosigue. La figura de un cura con los ojos desplazados y una cruz en su atuendo, similar a otra clavada en el aire, hace decirle a Moro que “Dos cruces tiene el camino del cura” y más adelante “y la sospecha que atrás de algunas puertas/las manos se persignan sin ninguna fe”. Los rezos se sustancian, y leemos en el poema siguiente, “en el sótano de mi noche” donde un decapitado envuelto en un piloto mira hacia arriba con las manos extendidas.

            En otro texto e imagen, hallamos una multitud asolada por lo yermo. Moro describe la ilustración de una ciudad apretujada de peatones, autos, árboles desnudos y una nube que contiene cielos, todos cerca pero todos alejados, y escribe: “En mi barrio/la gente sacrifica su tiempo/en la servidumbre y esconden su mirada/atrás de unas gafas que lucen con orgullo./Yo también las uso/mientras el sol pasa al mediodía/por el túnel que todavía no florece.” En otra ilustración donde flora, cielo, cemento y humanidad se enlazan, leemos “Quizás una canción pueda reunir/las tardes de mi ciudad”; al final del poema, “Añoro tus aguas condensadas”. El anhelo de la comunicación en Moro, late en Álvarez con un trazo denso y con peso, con cualidades físicas.

            La vida y su ascenso, o más bien, el ascenso y/o descenso del alma a través de la belleza (emblema marechaliano si los hay), se percibe en la ilustración en la que aparece un hacha vertical desde el que crece en su base, hacia abajo, una rama -futuro árbol- con sus hojas. Álvarez pareciera decir que a mayor altura más posibilidad de depredación, mientras que en lo bajo, lo menos etéreo hace a la vida, al silencioso rumor del crecimiento. Es una imagen que, como escribe el poeta “Se inició cuando la piedra rumiaba/un filo posible/ y amenazó el aire que la veía nacer./El árbol se estremeció/cuando la escuchó que llegaba”.

            Tinta negra es un cortejo con la soledad que se rompe, ya que “el dolor es sólo un pasaje” que permite -insisto, berkeleianamente- sentir cómo la escalera crece como espina dorsal de quien ajusta la visión hacia un lugar menos hostil; aunque claro, la escalera se halla dentro del cuerpo, en un escondrijo tan íntimo como veraz. Cierro estas palabras con un texto que hace florecer la rosa en el decir del poema, y que el artista plástico definió muy bien (me gusta pensarlo así, invertir el verdadero proceso de nacimiento del libro): “Creí que nombrando lo que veía/trazaba la senda de mi destino/hasta que hallé unas flores/que no tenían fragancia./Sentí que la ilusión pierde el olfato/y sólo ve lo que sueña”.

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